El Ego y conciencia
Hay personas que hablan del ego de los demás con mucha seguridad, mientras el suyo les organiza el discurso, les dicta el tono y les hace creer que están viendo con claridad lo que en realidad solo están proyectando.
El ego
acusa, compara, reacciona,
se impone, culpa,
desprecia y divide.
La conciencia
observa, comprende, pone límites,
respeta, ordena,
cuida y suma.
El problema no es tener ego.
El problema es no saber detectarlo
y confundir su voz con la verdad.
El ego no es solo soberbia. También es victimismo, resentimiento, necesidad de tener razón, dureza no revisada, herida convertida en identidad y costumbre de señalar al otro para no mirarse a uno mismo.
La conciencia no es blandura ni permisividad. La conciencia también pone límites, pero lo hace sin odio, sin necesidad de aplastar, sin disfrutar del señalamiento y sin convertir la verdad en un arma.
Pensar mucho no es lo mismo que vivir en conciencia. Hay quien habla de humildad desde la soberbia, de amor desde el control y de lucidez desde la herida. Por eso conviene preguntarse siempre: ¿quién está hablando en mí ahora mismo?
Madurar no es endurecerse
Madurar es aprender a mirar sin autoengaño. Es descubrir cuándo habla la herida, cuándo habla la defensa, cuándo habla el orgullo y cuándo habla esa parte más limpia que no necesita ganar para ver claro. El ego quiere tener razón. La conciencia quiere ver.
El ego quiere tener razón.
La conciencia quiere ver.
